A continuación les transcribo un texto de Emilio Castelar:
César, como hombre, es el resumen de la antigüedad; como guerrero, su espada disciplina para prepararlas a la unidad humana, todas las razas; como político es el defensor del plebeyo contra el patricio; como ideal histórico, es el representante de la humanidad contra el exclusivismo de la sociedad romana. Mirad al hombre. Yo no he visto pasar ante mis ojos ninguna figura más portentosamente grande. Considerémosle como hombre, como guerrero, como republico.
Descendiente de los dioses y los reyes, y descendiente al par de los plebeyos, reúne en su carácter todos los elementos de la ciudad romana; la ambición le posee, pero esa ambición de lo infinito, de lo maravilloso, que es el hambre y la sed divina del héroe, la cual no cabe en la tierra, y estalla encerrada en el espacio; un amor inmenso por todos los hombres aun los más bárbaros; por todos los pueblos, aun los más enemigos de Roma, anima su corazón y lo engrandece; una idea superior, que como todas las grandes ideas debía vencer y dominar y ser fecunda le pose, y es la estrella norte de su vida y de su genio; su voluntad inquebrantable busca todos los caminos que puedan conducir a su fin, que es refrenar la gran tempestad de las luchas humanas y ponerlas al servicio del mundo; y unido a todo esto, tiene muy varias cualidades como hombre; es delicado al punto de ceder su lecho a un amigo inferior en categoría, pero enfermo, y de castigar a un esclavo que le había dado en un convite un pan más blanco que a sus demás compañeros; magnánimo y compasivo hasta gozar en arrancar a las garras de las fieras los gladiadores heridos; cruel, cuando la crueldad convenía, pues no dudo un punto en cortar las manos y los pies de treinta mil prisioneros en una de sus guerras; tan sobrio que mereció elogios de Catón, el cual decía que César era el único enemigo de la libertad que había conocido sobrio; y tan disipado que había contraído la enorme e increíble deuda de mil trescientos talentos antes de obtener ningún cargo; orador, que si no por la poesía y la elegancia, aventajaba a Cicerón por el sentimiento; escritor originalísimo, y después de Tácito el más distinguido de la literatura romana; matemático y astrónomo, que por las noches a la puerta de su tienda pasaba largas horas estudiando el concierto de los mundos; hombre de una atención extraordinaria, que dictaba al mismo tiempo, que iba marchando y dirigiendo a los ejércitos, cinco o seis cartas a sus secretarios; de una fuerza de fascinación tan poderosa, que se atraía al abismo de su corazón hasta sus mayores enemigos; de una afición tan grande a los espectáculos, y de una esplendidez tan maravillosa que reunió en Roma todos los climas, como había reunido en su senado todos los hombres, y plantó jardines orientales, donde se paseaba con su tardo paso el elefante, y se comía la jirafa, el cogollo de las palmeras; que inundo el campo de Marte y dio en el una fiesta naval; que cubrió con un toldo de seda el teatro; alma inmensa, que descompone en sus mil facetas todos los matices de la luz de su siglo, que abarca todo el mundo; pues desde cualquier punto que le miremos, César siempre será en el desierto de las edades uno de esos gigantescos y pasmosísimos colosos, que tuercen con sus hercúleos brazos a nuevas regiones más limpias y serenas, la impetuosa corriente del río de los tiempos.
Ese es el hombre. ¿Y el guerrero? Aquel joven calvo, blando, blanco, desceñido y flojo, de aire femenil, luciendo unos ojos que Suetonio llamó de cuervo, epiléptico, tocado de los nervios como la más alta señorita romana, va a las Galias, anda a pie, quince millas por día, pasa en el rigor del invierno los ríos a nado, llevando en una mano su escudo y en la otra su caballo, y en los dientes la espada; entra en un país ignorado, virgen lleno de pantanos que él ciega, de bosques umbrosos que el tala con sus hachas, de altares cuyas aras destilan sangre, que él destroza; haciendo huir a los dioses bárbaros, las nueve vírgenes que en la isla de Sem, despertaban y adormecían con su canto las tempestades, las furias que en los escollos del mar de la Bretaña celebraban ; almas sin cuerpo, horribles orgías , espantando a los navegantes con su continuo clamoreo, y con los fúnebres sonidos de sus bárbaros címbalos; pasa a la Bélgica, a las Islas Británicas, aplasta en sus paseos militares dos millones de hombres como si fueran un hormiguero; se bate cuerpo a cuerpo con sus enemigos dentro de las mismas olas del gran mar británico; ahuyenta a los suevos, a los germanos, como si presintiera los destinos del mundo ; come en Dirraquium pan de hierbas; manda desde una barca a una escuadra que se le rinda, y la escuadra obedece; rompe con su inteligencia, más que con su fuerza las huestes de Afranio en el Segre, las huestes pompeyanas en Farsalia; va al Asia y de aquéllos encuentros , que le valieron a Pompeyo el título de grande, dice Veni, vidi, vinci, , matando así la gloria de su rival; combate en Munda, abandonado, a pie, lleno de cólera, recomponiendo con su voz y con su ejemplo su ejército, que veía próximo a desbandarse; y al morir lucha cuerpo a cuerpo con los traidores, y cuando se ve ya vencido, presenta el vientre y el pecho a sus enemigos desarmado no por su fuerza, sino por la ingratitud del fiero Bruto, que él creía su hijo; como si resumiendo todo el valor de los héroes antiguos, aquel hombre quisiera en tan supremo instante coronar su gloriosa vida con gloriosísima muerte.
¿Cómo repúblico? Le he llamado el representante del pueblo. Se suele decir que yo tengo empeño en poetizar esta gran figura histórica, y en atribuirle designios que no pudo de ninguna suerte concebir. Hablaran por mí los hechos sencillamente, con toda la persuasión de su muda elocuencia. A los diecisiete años resiste a Sila, ante cuya autoridad había bajado su frente el gran Pompeyo. El crimen de que acusaba a Catilina lo cometió Cesar, levantó el águila de Mario. Llega al consulado, y su primer idea es el pueblo; y, nuevo Graco, su primer ley es la ley agraria. Parte las tierras públicas entre los padres que tenían más de tres hijos, y realiza así todo el pensamiento de la gran revolución social que atormentaba a Roma. Da la feliz comarca de la compañía a los pobres, que gracias a la caridad de Cesar no sufrirán ni el despotismo de los patricios, ni la usura de los caballeros: César tenía a su alrededor los pueblos esclavos, que había hecho libres, los gladiadores que había salvado de las garras de la muerte, los italianos a quienes había puesto en el trono de Roma, en el derecho de ciudadanía,: los plebeyos que había redimido del hambre y de la usura; el genio de la humanidad que batía sus anchas alas sobre la frente augusta de su soldado; y mientras los pompeyanos celebraban un festín y se reparten ya los grandes destinos desde el del edil hasta el del pontífice, no sin discusiones y contiendas, César, que como el pueblo, lo era todo, se arroja sobre ellos, manda a sus guerreros a que hieran en el rostro a aquellos aristócratas elegantes, que prefieren huir torpemente antes que afear sus rostros, y los degrada para siempre a los ojos del mundo y de la historia, y justifica la eterna dictadura del imperio.
22.4.08
La personalidad del Cesar
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